APRENDER A MIRARSE

*Por Julieta González Mingarro, facilitadora del taller realizado en el CAF Mitre de Villa Lugano, CABA, experiencia compartida con Mariana Scale como asistente.


En los talleres de Un Minuto por mis Derechos que se realizan en Ciudad Autónoma y provincia de Buenos Aires solemos ver que las y los chicos, independientemente del barrio en el que vivan, están fuertemente atravesados por la tecnología. Sin embargo, a pesar de esa inmediatez con lo digital, no imaginan el proceso por el cual se construyen las imágenes que ellos mismos generan.

En este sentido, el taller del CAF Mitre de Villa Lugano fue emblemático, por la fuerte presencia de celulares y MP5 en el aula. Buscamos entonces las herramientas audiovisuales que hagan eco en sus consumos cotidianos, adaptando las estrategias del taller a las necesidades del grupo. Les propusimos conocer el origen de las cosas: cómo se construyen las imágenes, la cámara oscura, cómo viaja la luz. Desde allí recorrimos desde las herramientas más básicas y mecánicas, hasta las tecnologías más sofisticadas que traían al taller.

Se realizaron ejercicios de construcción del lenguaje, donde pudieron vivenciar cómo se estructura un relato audiovisual y cuáles son las herramientas básicas, experimentando en la práctica cuándo necesitamos un corte o un cambio de punto de vista, por qué agota el plano secuencia, o por qué es necesario ir a otro tipo de toma, etc.

Mientras creaban en grupo cámaras oscuras, taumátropos, filoscopios y otros juguetes ópticos, para ver los ejercicios que se hacían iban registrando todo con el celular, mediatizaban aquello que estaban viviendo y que tenía que ver con una construcción manual. Era una cuestión paralela: cada vez que dibujaban se guardaban ese momento de forma digital. La mediatización era como una necesidad imperiosa y no podían sostener un minuto sin prender el celular, escuchar música o jugar un jueguito. Muchas veces notamos que no podían controlar cuándo parar.

Como facilitadoras consideramos positivo ser permeables a la incorporación de nuevas tecnologías para sumarlas a la propuesta del taller. De esta manera pudimos acompañarlos en su uso y mediar cuando esta presencia afectaba la realización de la tarea. Pudimos así combinar viejas y nuevas técnicas de construcción de relatos.

De hecho, en lo personal, creo que las y los facilitadores tenemos que estar despiertos a lo que connotan estos nuevos lenguajes, porque plantean un recorte muy diferente al de la cámara tradicional. Se hace necesario trabajar con otro tipo de planos para que en el celular, por ejemplo, se comprenda el mensaje audiovisual. Es muy interesante como lenguaje a trabajar, dado que todavía estamos un tanto afuera de esto que las y los chicos consumen cotidianamente. Es un interesante desafío: con las herramientas y reglas que el taller propone de la narración clásica, ver cómo ellos las toman y readaptan al lenguaje celular. El grupo de Lugano realizó ejercicios muy sorprendentes con el celular, porque ofrecen un punto de vista intermedio entre lo documental y lo ficcional.

Desde esta perspectiva en la que el taller se propone como línea fuerte de ida y vuelta entre el trabajo manual y el digital, utilizamos para la producción del videominuto “K_ m_ importa” la técnica de la rotoscopía: trabajar una imagen, grabarla, producirla, pensarla, idearla, y después capturarla, para imprimirla, intervenirla, volverla a escanear, y así obtener una imagen nueva, resignificada.

La propuesta de trabajo del proyecto Un Minuto por mis Derechos nos permite volver fuertemente al trabajo colectivo. En una sociedad individualista, donde las y los jóvenes muchas veces están marginados, aplastados, desmotivados, donde todo parece indicar que no sirve de nada juntarse y hay una fuerte propensión a no participar, a no hablar, a no decir lo que uno piensa, donde la tecnología viene a reforzar la propuesta de “meterte en tu mundo” con los auriculares y el celular, las y los jóvenes se encuentra de pronto con un taller que propone todo lo opuesto: desconectarse del individualismo y activar una red, no sólo con el trabajo conjunto sino también de contacto con la reflexión, con lo afectivo, con el trabajo en equipo.

El lenguaje audiovisual propone algo maravilloso: que no es posible trabajar si no es en equipo. En este sentido me parece una disciplina muy “sanadora”. Hacer en grupo, que cada uno asuma una responsabilidad para lograr un objetivo común, comprobar que si no trabajamos en equipo no hay producto, es un aprendizaje que las y los chicos experimentan a lo largo del taller, sin necesidad de que un adulto se los diga. Cuando descubren que es posible, se comprometen, se involucran y no faltan al taller. Diría que para las y los adolescentes es casi terapéutico, los ayuda a fortalecer su autoestima, a valorar sus capacidades e intentar superarse.

Por otra parte el taller les permite recuperar otras experiencias: dibujar, pintar, escuchar, mirar, opinar, intervenir, compartir historias. A algunas poblaciones permanecer en un estado intelectual, de reflexión, de mucha atención, les genera cierta exaltación, los violenta, mientras que el contacto con lo manual los relaja y los contiene, y les permite abrirse a la reflexión. Por eso la propuesta de Un Minuto integra distintas técnicas, miradas y propuestas, que incluyen lo audiovisual, lo manual y la reflexión.

Para que este trabajo sea posible y se sostenga en el tiempo es fundamental el apoyo de las instituciones sede de los talleres. Esta propuesta requiere instituciones contenedoras que den marco al proyecto, que acompañen y motiven a las y los chicos, para que puedan seguir adelante con la producción de sus cortos, lo cual requiere mucha energía y compromiso.

Finalmente, considero que el lenguaje audiovisual es una herramienta muy liberadora sobre todo porque tiene una fuerte impronta en relación a la propia imagen. En general a las y los chicos les resulta muy difícil verse y sostener la mirada en sí mismos. Y aquí en la construcción del mensaje se pone en juego la construcción de su propia imagen, ya sea como individuo, grupo, población o barrio. Y es muy sanador poder aprender a mirarse.